
PARECE UNA PEQUEÑA NUEVA YORK, los rascacielos surgen aquí y allá, como setas, por todas partes. Algunos echan humo, otros por la noche dan a la ciudad el aspecto de una navidad nunca conclusa.
Es una ciudad no demasiado grande, no llega a los 700.000 habitantes, pero en época de ferias, y las hay cada mes prácticamente, llega a doblar su población. Durante la feria del automóvil, me cuentan nativos que fueron a Frankfurt dos millones de personas para ver coches. Impresionante.
Diferentes arquitecturas se mezclan, las ultramodernas con otras antiguas, y, curiosamente, la combinación moderna-vetusta no queda mal, es vistosa y muchas veces sorprendente.
De la comida, bueno, lo esperado: abundancia de carnes de todos los tipos (el canguro no estaba nada mal), eso sí, para encontrar ciertos platos típicos como el
haxe, o codillo asado de cerdo, nos llevó un par de días, pero quien lo probó no dejó de recordarlo por su buen sabor. Los alemanes comen mucha verdura, pero no pan, y si pides agua, te la dan con gas, así que, había que decirles "
sin gas, por favor". Porque eso sí, en los restaurantes y bares había un buen nivel de idiomas, nos tenía asustadas especialmente el hombre del restaurante turco, que hablaba en lo que se terciase, buen comienzo de las mañanas desayunar en castellano, aunque los madrugones no fueran espectaculares.
La juerga nocturna no es muy alucinante, teniendo en cuenta de que a las dos de la mañana todo el mundo para su casa, y eso si es sábado y no te apetece meterte en uno de esos sitios de bakalao tan abundantes allí. No se puede fumar en ningún bar, restaurante o pub, tuvimos mala suerte, esa ley había entrado en vigor sólo una semana antes de ir nosotras. Vimos cosas curiosas, como llenar un taxi de gente, y como no cabían todos, alguno se metió en el maletero; otros sacaban sus muñecas hinchables a pasear, y tod@ el que se casa sale una noche vestid@ de forma estrafalaria, con una caja llena de objetos de sex shop barato, para venderlos a cualquiera que pase por la calle. Curioso. A las doce de la noche de un domingo, sólo había en Kaiserstrasse, donde vivíamos, puteros y gentes de mente alterada. Lo de los puteros era hasta normal, había tantos cabarets, tiendas sex y putiferios, que pensabas que no estabas en el centro de Frankfurt, sino en el barrio chino de vete a saber tú que ciudad norteamericana...

Y por fin, la feria. Qué puedo decir. Enorme, espectacular, confieso que no había visto tanto libro junto en mi vida (sí, ya sé que debería pasarme por la Biblioteca Nacional, pero Madrid tiene tantos argumentos, que siempre lo postergo para mejor ocasión). Decían que había más de dos mil stands, y que, si recorrías todos los
halls, como llaman allí a las salas de exposición, tendrías que caminar ¡diez kilómetros y medio! Imagináos, que en su enorme plaza interior te llevan de pabellón en pabellón en autobús... De nuevo, increíble.
Pero lo que más me impresionó fue el nivel de negocio que se traslucía con tanto stand de todas las partes del mundo. Los primeros días era feria profesional, en la cual editoriales, agentes literarios, diseñadores de la parte física de los libros, autores, prensa y demás familia se daban cita para cambiar ideas, diseñar proyectos o cerrar tratos beneficiosos. Para muchas de las cosas que allí se hacían había que llevar cita previa, imagináos lo consolidada que está la idea de esta feria, que tiene más de 500 años de antigüedad. Cataluña estaba presente como invitada de honor, polémicas aparte, y todas las comunidades restantes también estaban dignamente representadas. Los dos últimos días, la feria abría sus puertas al público en general, y ponía libros a la venta, que era el concepto de feria que yo siempre había vivido. Lo de las ferias profesionales es una idea completamente nueva, pero de la que, bien llevada, puede sacarse provecho si se quiere continuar en esta aventura.
En seguida vuelvo.